[…] Me había adentrado demasiado en el bosque de las torturas, nunca debí ir allí, los ancianos contaban leyendas horrorosas de ese lugar, pero me había perdido y cuando me quise dar cuenta, ya me encontraba allí, nerviosa y sin saber muy bien que hacer comencé a caminar en círculos, cuando al pisar sobre un matojo de hierbajos, caí al fondo de un hoyo, no me hice daño ya que el fondo estaba totalmente mullido de frondosas hierbas, pero estaba muy hondo, apenas podía ver el exterior.
Después de unas horas, con hambre y temor, comencé a llorar, no sabía que hacer, no podía trepar porque no había donde agarrarse, de repente escuché a alguien llamarme por mi nombre, pensé que estaba alucinando, pero claramente era mi nombre, contesté desesperada:
– Aqui!!!! Por favor ayúdeme !!
En ese instante sentí como me elevaba entre un humo rosado y al salir fuera de ese agüjero, caí en la tierra enfrente de una piedra en la que se encontraba sentado un señor mayor, vestía una enorme capa negra y me miraba con desprecio, comenzó a hablar:
– que hace una chica como tú en este bosque, no deberías estar aqui!
– No era mi intención, me perdí y caí en ese hoyo.
– Pues ahora si quieres volver a donde perteneces, debes hacer algo por nosotros, este bosque para mantenerse vivo necesita la felicidad humana, te voy a dar este teléfono movil, cada vez que veas seres humanos felices debes hacerles una foto, ellos perderán ese momento de alegría, pero a cambio nosotros tendremos la energía suficiente para mantenernos vivos.
– Eso es algo horrible! dije espantada. Y si no lo hago?
– Si te niegas, volverás al hoyo del que no saldrás jamas, y nos alimentaremos de tu energía mientras sigas con vida.
Apenada y llena de tristeza, me acerqué a aquel brujo, recogí el teléfono movil que su mano sostenía y derramando una lagrima le dije:
– Ya estoy lista!
En ese momento, en el suelo se iluminó una linea rosada, miré hacía atrás, el brujo me indicó alargando su mano que siguiese caminando por aquella marca en el suelo, así lo hice y regrese al pueblo, a mi llegada algunos vecinos me intentaron preguntar que me había pasado, pero sin pausa me fui directa a casa.
La mañana siguiente, intenté encontrar mi primera víctima, recordé que al lado del lago había un hombre que le divertía hacer daño a los animales sin ningún sentido, así que lo elegí, al llegar a aquel lugar, observé como ese individuo ponía veneno en distintos lugares, me acerqué a la espera de que una pobre ardilla probase esa ponzoña y mientras se tambaleaba el pobre animalillo y el malvado se reía, capturé en una foto de su maléfica sonrisa, entonces pude observar como su rostro cambiaba completamente y se ponía realmente triste, lo que me emocionó muchísimo ya que había encontrado la manera de poder quitar la alegría a la gente de malas intenciones y no tener que hacer daño a seres humanos decentes.
Así en otra ocasión, había oido hablar de una mujer bisexual que después de intimar con sus ligues les forzaba y les hacia daño de forma verbal, entonces no dudé en encontrarme con ella para una cita, cuando aquella mujer comenzó a insultarme y reírse de forma divertida de mi, apunté con el móvil y capturé su mierda de felicidad en una fotografía, en ese instante se puso realmente enfadada, no estaba triste si no que la fotografía desató su ira.
A medida que hacía fotografías a distintos individuos podía comprobar que según su reacción la maldad era mayor o menor, y como tras capturar su felicidad en la galería de fotos de aquel dispositivo, esas personas dejaban de comportarse malévolamente, sin saberlo me había convertido en la policía del mal, no podía estar más feliz de haber caído aquel día en ese hoyo… […]