Snack para Gigi
Es que es imposible, decía para si misma Ana mirando a su gata Gigi, a todos los gatos les gustan estas chuches, son buenas para su salud, necesito que se coma un suplemento pero no hay manera de acertar, bueno pues iré esta tarde a otra tienda de animales, algo tendré que encontrar… envuelta entre sus pensamientos, se terminaba de preparar para ir al trabajo.
Ana, una chica de unos treinta años, risueña, buena persona, en el barrio la querían mucho ya que siempre tenía un rato para charlar y hacer sonreír a cualquier vecino además de ayudar en todo lo que pudiese, había adoptado a una pequeña gata hace un par de meses, y tras las visitas necesaria al veterinario, ya se había adaptado perfectamente a Ana y a la casa, el animalito tenía unos cuatro años de edad, pero a pesar de ello no le costó hacerse a su nueva dueña ya que tenia un carácter mimoso y juguetón.
En el trabajo, Ana, miraba por encima de su cubículo a un chico que tenía una foto de un gato en su pared. Ana trabaja en un «call center» de atención telefónica en una empresa de venta de soluciones informáticas, sin pensárselo dos veces, se levantó y fue directa hacía el sitio de su compañero.
– Hola Raúl, ¿Cómo estás? verás he observado que tienes ahí pegada la foto de un gato, ¿es tuyo, o es que te gusta ese en concreto?
– Hola Ana! es mi gato Blas, un gran compañero y un travieso de cuidado, reía Raul.
– que gracia, verás, he adoptado una gatita hace poco, y es que come fatal, al final conseguí acertar con el pienso, pero quería darle una chuche o un snack como suplemento y no hay manera de encontrar la que le guste a Gigi.
– Gigi eh! pues anota ahí en tu teléfono esta tienda: Piolines, en la calle azulada a la altura de la peluquería Gris, ¿Sabes dónde? es que no me acuerdo del nombre de la calle ahora.
– Si si, ya me doy cuenta, es una calle pintada entera de azul, con varias tiendas de velas, librerías, perfumerías, me doy cuenta, muchas gracias.
– Pregunta allí por Manuela, ella te va a dar lo que necesitas para tu gatita, y ahora a trabajar, que ya nos ha lanzado una mirada el coordinador.
– Vale, si cierto, muchas gracias, ya te contaré.
Ana, subía a su bicicleta vintage de color naranja que había pertenecido a su abuela, llevaba una cesta con flores en el manillar. Se fue alejando del trabajo, y cruzando entre calles, llegó a la calle azul, mirando curiosa los escaparates, pensaba, que místico todo, me encantan estas tiendas, tendré que venir más. De pronto, Ana fijó su mirada en un cartel amarillo que ponía Piolines en verde, se bajó de la bicicleta, la aseguró a una farola, y entró a la tienda.
– ¡Hola!, ¿eres Manuela? le preguntó enérgicamente a una mujer que allí se encontraba.
– ¡Hola!, si soy yo, dijo Manuela, una señora de mediana edad, con el pelo canoso, y una gran sonrisa en su boca, sus ojos brillantes analizaban a Ana.
– Estoy buscando algún snack para mi gatita Gigi.
– Bueno, pues estás en el lugar indicado, ¿Cómo es tu gata?
– Pues tiene unos cuatro años, es de tres colores, naranja, negra y blanca, muy bonita la verdad, es juguetona, tranquila, amorosa, nos llevamos muy bien y eso que vive conmigo hace poco, pero sabía que era para mí cuando la adopté, lo tuve claro.
– Si, ellos suelen escogernos por alguna razón, pues bien, dijo la señora acercándose a un estante lleno de botes de distintos colores, cogió uno de color verde, lo abrió y cargando una pala de bolitas de su interior, las metió en una bolsita y se la acercó a Ana.
– ¿Cómo sabe que estas le gustarán? me tiene un poco desesperada, no acierto con nada.
– Bueno, si eso ocurriese, vuelve y te las cambio por otras sin coste alguno.
– Esta bien, ojalá le gusten, si no volveré a visitarla. Muchas gracias
Ana salió contenta de la tienda, esa mujer era muy agradable, una sensación de familiaridad que la hizo sentirse muy cómoda.
Al llegar a casa, Gigi estaba acostada al sol en la salita, y la miraba de reojo mientras se estiraba.
– Hola Gigi, ven aqui, te traigo un regalo, le decía Ana contemplando al precioso animal.
La gatita se acercaba lentamente, una vez cerca de ella comenzaba a ronronear. Ana le tendió la mano y le dió una bolita. La gatita se la comió y se relamió.
Ana estaba contenta, al fin un snack para completar su almuerzo, que alegría pensaba mientras le daba otra bolita.
Se hace tarde, me voy a ir preparando para dormir Gigi y dándole un beso a su gatita, se fue hacia el dormitorio.
– Gigi… Gigi, que raro, dónde estará mi gata, cuando de repente, observó que la ventaba estaba abierta
– ¡Oh no! ¡ Gigi se ha escapado!
Se puso la chaqueta y salió al jardín, gritaba su nombre, pero tras dos horas, entre sollozos volvió dentro de casa y se quedó dormida, cuando al amanecer, notó como la pata de Gigi le tocaba la cara, abrió los ojos, y abrazándola le decía.
– Que susto más grande gatita, que triste me he puesto.
Ana, comenzó a prepararse para ir al trabajo, mientras escuchaba las noticias en la radio:
– «En esta misma ciudad, que nunca pasa nada, ha surgido entre los vecinos, la mujer gato, no tenemos nada más que un par de videos de ella, pero ayudó a salvar a una chica de un atraco y a un pobre niño de unos gamberros que le querían pegar, no sabemos la identidad de la mujer y ni si ha sido un caso aislado, pero tenemos una nueva justiciera en la ciudad, que vestida de mujer gato hace el bien por nuestra comunidad, seguiremos informando»
Ana giró la cabeza y miró perpleja a Gigi, ¿¡Tú!? , le decía a su gata mientras se reía, pero cuando llegó a la salita y fué a cerrar la ventana, observó que en el suelo había huellas de humano, sin pensárselo dos veces, salió despedida hacía la tienda de Manuela.
– Hola, a ver no se muy bien como decirte esto, pero, esos snacks que me vendiste… ¿de qué son?
– Manuela sonrió y sacando un libro gordo de debajo del mostrador, se acercó a Ana
– Verás Ana, en este mundo conviven todo tipo de criaturas …